A la guarde con 6 meses

En la guarde de mi hijo eran tres bebés el primer año, cinco niños el segundo y llegaron a ser los vertiginosos nueve alumnos en clase el último año, cosa que a mí como madre me encantaba pero a la dueña del negocio los números a fin de mes seguro la traerían de cabeza.  Pero la Escuela Infantil seguía funcionando y llevar allí a mi hijo era como dejarle en una gran familia. Hasta tuvo una época en que les llamaba sus “hermanos y hermanas” a todos los niños de la guarde (nota: A los del cole – 26 alumnos en clase – los llama “compañeros”). Está bien. O mejor dicho, estuvo bien, mientras duró… Porque así me pasó que el último día de la guarde casi me echo a llorar y los días siguientes la eché de menos con una intensidad inesperada. Tuvieron que pasar unos meses en el cole de mayores hasta que estuvimos lo bastante “curados” y el hueco que dejó la ruptura con la guarde en nuestras vidas se llenó un poco. Pasado ese primer tiempo delicado, fuimos a saludar a las profes un día y volvimos y volvimos… si por mi hijo fuera, pasaríamos a saludar todas las semanas… Eso de por sí debe servir de prueba de que en la guarde estuvo fenomenal.

Y hace poco, un buen día o mejor dicho una buena noche, metidos en mi cama, al amparo de las sombras, escuché esta confidencia: “Mamá… me gustaba mucho mi cole de pequeños. ¿Cuándo podré volver?”

Pero, empecemos desde el principio (esta frase se empieza a convertir en un clásico en este blog!!).

Cuando estaba embarazada, en el post sobre el embarazo lo mencioné haciendo referencia a que estaba “algo deprimida”, pero lo que me pasó en realidad fue que me dio ansiedad. Ansiedad con todas las letras, de notar el agobio como te sube por la garganta y te ahoga, de estar deprimida, de levantarme con la tripa como una piedra deseando poder quedarme en la cama y de no poder evitar echarme a llorar durante el camino al trabajo, acompañada tan solo por el rocío de la primera hora del día y algún que otro conejo solitario huyendo al son de mis pasos, y de mis pensamientos sombríos, que martilleaban en mi cabeza y me hacían sentir desgraciada y desdichada. Dicen que las lágrimas alivian y que al llorar se segregan endorfinas que actúan como calmantes en el cerebro, así que algunos días lloraba un poquito durante el camino, pero al entrar en el edificio, me sentía un poco mejor y me dejaba distraer con la vorágine diaria de los asuntos de la oficina. Traía generalmente tan mala cara por las náuseas que los ojos enrojecidos fueron lo de menos. Pero un día cruzando el parque empecé a llorar y me tuve que sentar en un banco y el alivio no llegaba, y lloré tanto que terminé en el centro de salud, hiperventilando y pidiendo un día de reposo en casa porque no podía más.

La médico no me pudo prescribir ningún antidepresivo ni siquiera un ansiolítico que era lo que necesitaba, que no son muy compatibles con el embarazo, así que hizo un poco de psicóloga, habló conmigo con voz suave y principalmente me dijo que me tomara las cosas con calma.

Eso intenté.

Uno de los causantes físicos de la ansiedad, aparte del desequilibrio hormonal, fueron las náuseas y el consiguiente malestar y entre los causantes psíquicos, mi tendencia a preocuparme por adelantado y a querer hacer las cosas bien. En el día a día se llama pro-actividad y perfeccionismo y generalmente son dos cualidades buenas (la segunda tal vez tenga más trampas que la primera), pero en el embarazo han sido desastrosas.

Una de las cosas que más me preocupaba era el qué pasaría con mi bebé, cómo nos las apañaríamos cuando me tuviera que reincorporar al trabajo (me preocupaba esto estando embarazada de unos 3 ó 4 meses). Siguiendo el consejo de la médico, intenté aparcar el tema en mi mente hasta que llegara el momento y me centré en arreglar la habitación del bebé y en prepararle su ropita y sus cositas.

Y el momento “por fin” llegó, un buen día de primavera, cuando cargamos al peque de dos meses en el capazo y nos fuimos de tour de las guardes del barrio. Tras llamar al timbre y presentarnos tan campantes en la primera, aprendimos que no se puede pretender visitar una guardería sin cita previa.  No dejándonos amilanar, recogimos citas y luego nos dedicamos a acudir a ellas.

Por fin nos enfrentábamos al “problema”, decididos a solucionarlo y yo notaba como la ansiedad, la que había oprimido alguna parte dentro de mi pecho con rugosas y petrificadas corazas, se iba derritiendo y las corazas se iban desprendiendo y ese algo dentro de mí se iba expandiendo, creciendo y desplegando las alas de la ilusión y determinación positiva.

Vimos guardes dónde ese algo se me cayó a los pies, literalmente – sitios oscuros, malolientes (a comida, a pañales cagados y a cremita de culo que mezclada con el hedor de las caquitas crea un aroma muy específico)  y profesoras que no nos inspiraban ninguna confianza. Vimos guarderías grandes y bien organizadas, rodeadas de jardines y zonas de juego al aire libre, pero con las tarifas fuera de nuestro alcance y por fin, un día, buscando otra nos topamos por casualidad con una guardería muy especial.

Era pequeñita, ocupaba los bajos de un edificio de 3 alturas, en una calle de un solo sentido. No tenía ni jardín ni zona de patio al aire libre, pero al entrar, noté que me gustaba. Había un ancho pasillo con suelo de madera clara, las paredes pintadas de amarillo, olía fenomenal (a limpio) y no se oía ningún llanto de ningún niño. Estaba profusamente decorada con pinturas infantiles y las cuatro clases con las que contaba (una en desuso), además de un acogedor comedor y pulcrísima cocina propia, estaban llenas de luz, colores y juguetes.  Había una sala grande reconvertida en “patio” con piscina de bolas, tobogán, motos y una casita, donde los niños hacían el recreo.

No se me olvidará la clase de unos 6 bebés de un añito, sentados en círculo, todos concentrados y entretenidos con algún juguete mientras una profesora sonriente les vigilaba. En el aire se notaba buen espíritu, el círculo de la profesora y los niños representaba un equilibrio perfecto entre orden y cariño… Enseguida visualicé a mi hijo entre esos niños unos meses más tarde y lo vi posible, muy posible.

Encima las tarifas eran totalmente asequibles y nos adaptaban el horario a nuestra medida (punto importante y por el cual desechamos la opción de guarderías públicas desde el principio), así que hicimos la matrícula y salí tranquila, profundamente satisfecha sabiendo que dentro de unos meses, todo saldría fenomenal.

Y así fue. Sé que hay gente que tuvo mala experiencia con la guardería. La separación de madre e hijo de por sí es dura, muy dura. Es antinatural y te parte el ese algo dentro de tu pecho en mil pedazos que se incrustan como clavos en tu corazón. Yo por lo menos tuve el consuelo de que confiaba al cien por cien en que mi hijo estaba en buenas manos y en buen ambiente.

Un mes antes de dejarle en la guarde, el niño empezó a mostrar mucho interés en las demás personas, se volvió muy sociable. Eso lo veía como buena señal.

También veía como buenas señales que teníamos una rutina satisfactoria de un horario establecido, dos horas arriba abajo (a veces, se dormía después de comer a la una y a veces, a las tres…), mi niño se dormía solito en la cuna (si nos vieran los expertos en sueño nocturno que pregonan la importancia de acostumbrar a los niños “desde pequeñitos”, si nos vieron hoy día campando los 6 peluches y el niño en nuestra cama noche sí y noche también, ¿qué explicación nos darían, eh?), el niño se tomaba los biberones sin ningún problema y los ojitos los tenía controlados y evolucionando más que favorablemente después del susto inicial.

Así que, volví al trabajo y mi niño fue a la guarde con 6 meses. Desde el primer día estuvo por lo visto como si llevara allí toda la vida, le encantaron los demás niños (como era verano y había pocos, estaban mezcladas todas las edades), comió y durmió sin ningún problema.

Estas buenas noticias calmaron un poco la quemazón de la culpa que me devoraba por haberme separado de mi niño, de mi tesoro, por haberle dejado a merced del mundo exterior. Pero al peque parecía que el mundo exterior le iba estupendamente. En una semana aprendió a sentarse solo y otro mes más tarde se puso de pie en la cuna y fuera de ella empezó a gatear y ponerse de pie en cuanto alcanzaba un apoyo, queriendo explorarlo todo.

El único inconveniente fue que se puso malo enseguida, con diarrea, fiebre y anginas. En España no hay baja médica para quedarte en casa con tu hijo (en la República Checa sí la habría) así que éste fue a la guarde con mocos y con la tripita suelta (que el puré de dieta era el plato estrella del menú) y las profes le administraron las medicinas que hicieron falta, sin poner ninguna pega.  La fiebre curiosamente le subía en fin de semana así que los lunes siempre íbamos con los informes de urgencias a la pediatra del centro de salud, para que nos hiciera las pertinentes recetas y así pasábamos la semana,  parcheando aquí y allí con días sin ir a la guarde aprovechando cuando a mi marido le tocaba librar entre semana.

El primer invierno en la guarde estuvo malo con frecuencia,  un poco también por la dentición que cuando les salen las muelas se ponen malos con nada y nos dio algún que otro susto con episodios de broncoespasmo, por la inmadurez de los bronquios; pero a partir de su segundo invierno ya sólo se ponía malo lo normal, pillaba los constipados y resfriados que cabían esperar.

Por lo demás, lo más duro además de la separación en sí y de no poder darle los cuidados que quisieras (sobre todo si está enfermo) es asumir que tu hijo lo controla otra persona que influye en su vida más que tú, por lo menos de lunes a viernes.

Que haya sido la profesora la que le vio dar sus primeros pasos en clase, un día de febrero, recién cumplidos los 13 meses… la que le detectó el primer diente, un puntito blanco en la encía, esperado con ansiedad (le salieron con casi 1 año)… la que fuera testigo de mil anécdotas diarias, mientras tú, sentada frente a tu ordenador, mirabas furtivamente las fotos de tu hijo en el móvil…

Pero lo peor de todo es salir del trabajo agotada y meterte de lleno en el segundo turno, ocuparte de la casa y la cena en tiempo récord  y prestarle a tu hijo la atención que se merece. Que ambos necesitáis.

Pero te adaptas. Y todos los días compruebas la gran verdad que se esconde tras esta frase que alguna vez leí en alguna parte y me gustó enseguida:

“Los hijos son a la vez  los principales consumidores y suministradores de tu energía.”

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