Postparto

Después de escribir este post, lo he leído, vuelto a leer y releer y he tenido mis dudas si publicarlo o no. Al final lo hago pero con la siguiente advertencia: No recomendado a los menores de edad. No recomendable a los mayores de edad con un depurado sentido de la estética y pudorosos por naturaleza. En el siguiente texto se habla de pechos, pezones, aureolas, perineo con puntos de sutura y se menciona sangre y otros fluidos corporales.

Postparto o séase las primeras 6 semanas

Una época muy, muy intensa. Si el embarazo ya es una tormenta hormonal, el postparto lo supera con creces. Una mujer recién parida, con todas las hormonas a flor de piel y un recién nacido entre sus brazos para cuidarlo sin tener ni idea de cómo hacerlo, es como una delicada mezcla de dinamita cuyo mechero se activa con el roce de una brisa. Ni siquiera para ella es fácil aguantarse a sí misma estando así.

Como me dijo un amigo una vez, “hay que estar muy cuerdo para darse cuenta de lo loco que está uno…” en reacción a mi recuerdo de cómo tuve que hacer un esfuerzo titánico para frenar el impulso de saltar por la ventana con el niño de 1 semana en brazos, presa de la desesperación y superada por la falta de sueño.

Pero empecemos desde el principio.

Hay gente que durante el embarazo no quiere saber el sexo del bebé, para que sea una sorpresa. Yo la verdad no me importó saber si era niño o niña el ser que crecía debajo de mi corazón, para poder pensar en “él” o “ella” y para elegir el nombre – bastante nos costó ponernos de acuerdo en un solo nombre para un solo niño, como para tener que negociar uno de niño y uno de niña, por si acaso.

Y luego hay quienes durante el embarazo se hacen unas fotos en 4D, dónde se ve todo mucho mejor que en una simple ecografía y hasta se puede pillar un detalle de los rasgos. Bueno, como ya os dije en el anterior post, las ecografías fueron un gran aliciente para mí, pero lo del 4D no lo quise hacer. La carita de mi hijo sí que quería que fuera una dulce sorpresa y me pasé el embarazo imaginando cómo sería, amándolo ya por adelantado.

Y llegó el momento y tras el último empujón, la última contracción que te parte en dos, el último esfuerzo con la cara roja como un tomate, resoplando y con los mechones de pelo pegados con sudor a la frente, aterrizó en mi tripa blanda y desinflada de repente, un perfecto niño con la carita fruncida, roja oscura y con restos de una sustancia blanca y viscosa repegada y la visión de sus rasgos – esa primera vez – no se me olvidará jamás.

Hasta hoy, cuatro años y medio después, se me humedecen los ojos al recordarlo.

Nacen los niños con el ceño fruncido, con la frente llena de arrugas y parece como si vinieran de un larguísimo viaje, de un lugar muy, muy lejano, arcaico e inimaginable, con la sabiduría de eones dibujada en esa carita de anciano, con los ojos abiertos y sin embargo, con la mirada encerrada en su propio mundo, ajena a todo.

La magia duró un segundo y luego el pequeño empezó a llorar con fuerza y yo intentaba calmarle sin mucho éxito. Creo que le cogieron un momento para secarle,  ponerle un gorrito y me lo devolvieron enseguida (lo pesarían y medirían después), pero la matrona se dispuso a coser mis heridas allí abajo y me pidió que no me moviera. Gracias a la anestesia local yo no notaba nada y me estaba quieta, todo lo quieta que se puede estar con tres kilos trescientos gramos de tu recién estrenada maternidad en brazos, deseando ponerle al pecho pero no atreviéndome a iniciar una maniobra tan desconocida sin ayuda. Allí hubo un fallo logístico: la matrona y su ayudante estaban ocupadas con la placenta y la sutura y entre la boquita de mi bebé, buscando frenéticamente y el objeto de su búsqueda estaba  una capa de flamante algodón blanco con estampado de lunares azul clarito y logo del hospital. Digamos que en el momento culminante del parto, nadie se acordó de decirme: “Un momentito, deje de empujar e incorpórese Ud. un poquito, y el marido haga el favor de desatarle esos cordones de la espalda y Ud. señora desnúdese de cintura para arriba, que pronto va a necesitar esos pechos al aire.”

Por fin terminaron allí abajo y se prestaron a atendernos al niño y a mí con nuestro problema de oferta y demanda. Le pesaron, midieron, le hicieron lo que fuera menester y por fin me lo colocaron al pecho. Yo estaba como loca por darle de mamar y dispuesta a toda costa a conseguir la lactancia materna, pero también llena de dudas e interrogantes. Mi madre no nos pudo alimentar con su pecho ni a mi hermana ni a mí (decía que ella no había tenido leche, sólo agua verdosa) y mi abuela materna tampoco consiguió darle el pecho a ella, así que con esta carga familiar en mi subconsciente y el tamaño desmesurado de mis pechos que prácticamente duplicaban el tamaño de la cabecita del pequeño, con unas aureolas como platos, estaba muy, muy insegura.

Así que me pusieron de lado, me colocaron al niño y no me quedó otro remedio que confiar en que estaba bien hecho (aunque según la teoría sobre la lactancia, la aureola tenía que quedar dentro de la boquita del peque, pero es que yo tenía unas aureolas tan grandes que mi niño tendría que haber nacido con la boca de Steve Tyler para abarcarlas).

Nos dejaron las famosas dos horas a solas, yo muriéndome de sed pero no sé por qué no podía beber hasta pasadas esas dos horas. Las matronas se fueron y ese lapso se me hizo algo eterno, porque estábamos en el paritorio, pendientes de que nos trasladaran a planta todavía así que no me atreví a dormirme aunque estaba exhausta. Por fin, en plena madrugada, nos llevaron a la habitación. Cuando ya parecía que nos íbamos a quedar a solas y poder acomodarnos, entró otra vez una enfermera y con una linterna iluminó mis pechos por dentro del camisón y recuerdo ver dos regueros de una sustancia amarilla y viscosa, goteando de mis pezones y la sonrisa aprobadora de la enfermera que no sé por qué me pareció algo autocomplaciente, como si el haz de luz de su linterna y su diligencia a las dos de la mañana comprobando mis pechos, fueran los causantes de ese hilillo de calostro.

Al día siguiente, amanecí sin haber pegado ojo más de 40 minutos seguidos, habiéndome levantado para ponerme al niño al pecho cada vez que le oía un ruidito (lactancia a demanda) y preocupada por la eficacia de las mega compresas hospitalarias que tenía entre las piernas para recoger lo que seguía saliendo de mí con bastante fuerza. Pero estaba llena de euforia, estaba que podría romper las rocas con mis manos, escalar el Everest y me sentí hasta con ánimos de dar la bienvenida entusiasmada a quien fuera que se acercara al hospital para felicitarnos, así que di el visto bueno a las visitas. Dicha euforia me duró un día. Tras otra noche insomne, vino el inevitable bajón. Pedí que por favor no vinieran más visitas, lo que quería era desaparecer del mundo, solos mis pechos, mi niño y yo y la dichosa lactancia. Empecé a notar los primeros estragos de la tormenta hormonal que se desata con la subida de la leche.

Los tres días que pasamos en el hospital fueron un sinvivir de trajín incesante de personal hospitalario, personal de limpieza, personal que venía a preguntarme qué quería del menú – a elegir entre tres opciones de primero y tres de segundo – pedí verduras y pescado en todas las ocasiones, decidida a por fin poder controlar la avalancha de kilos que se me vino encima con el embarazo – y hasta una señora del departamento de calidad del hospital con una encuesta de satisfacción.

A esto,  súmense las visitas.

No sé por qué la gente se cree que una mujer recién parida, con un recién nacido a cargo, con toda la subida de la leche y falta de sueño es un espectáculo digno de ver y por qué se empeñan en visitarte en cuanto la noticia del nacimiento corre como la pólvora. Vale, traen regalos, vale, se alegran por ti y por tu pareja y vienen con las mejores intenciones, pero molestan.  Y no me cansaré de decirlo, aunque en voz baja, porque es muchísimo más fácil recibirles en el hospital que luego en tu casa.

Tu casa dentro de las próximas semanas se convertirá en una auténtica pocilga porque los hombres del siglo XXI, salvo muy raras excepciones, se ven desbordados cuando el peso de las tareas domésticas recae al 100% sobre sus hombros, porque la mujer se encuentra ocupada con la lactancia de día y de noche y con las manos llenas de… bebé.

Y eso es lo que toca.

Mientras el flujo de sangre y coágulos entre tus piernas va disminuyendo poco a poco,

mientras las caquitas de tu niño van cambiando del color negro azabache a intenso amarillo mostaza

y mientras la consistencia, color y cantidad de dichas caquitas se convierten en tu principal fuente de preocupación así como cualquier estornudo del bebé que en realidad significa que el pequeño está expulsando restos de líquido amniótico y no que se haya resfriado por tu culpa, como muy prestas sentencian las abuelas,

mientras vigiláis como locos el tono de piel de vuestro pequeño, devanándoos los sesos intentando discernir si se pone amarillo o no,

mientras consigues hacer tu primera deposición aunque tienes medio periné cosido,

mientras luchas entre la tentación de darle el chupete y el miedo a que eso influya con la lactancia y al final se lo plantas porque ya no puedes más, mientras las abuelas sonríen victoriosas con cara de “si ya lo decía yo”,

mientras tu marido se dedica a recorrer medio Madrid de organismo público en organismo público haciendo todo el papeleo necesario y tú intentas no olvidarte de ninguna cita en el centro de salud, ora con la pediatra, ora con la matrona, ora con tu propio médico por el tema de la baja…

mientras tanto,

tú le das de mamar al bebé, le sacas el aire, le cambias el pañal, le intentas dormir, se te duerme media hora y vuelta a empezar.

Entras en un bucle del cual no hay salida, no te da tiempo hacer nada más, estás desbordada y si te empiezan a presionar con cosas del mundo exterior, puedes reventar a la más mínima. Es inútil razonar o discutir con una mujer que está de postparto y sobre todo, es altamente peligroso dar tu opinión no solicitada sobre la lactancia, el sueño y el coger o no coger en brazos al bebé. Creo que la mayoría de los maridos lo suelen pillar rápido… a diferencia de las abuelas.

El postparto te convierte en una mujer con los nervios, los sentidos y los sentimientos a flor de piel. Los colores los ves más vibrantes, los sabores los notas más intensos, percibes la realidad que te rodea con una capacidad microscópica nunca antes experimentada. Sobre todo, percibes a tu bebé y de alguna manera, te sincronizas con él. Notas hasta el más leve estremecimiento de su cuerpecillo como si se estremeciera el tuyo propio y en los agitados y febriles sueños de una hora o dos que puedes arañar entre toma y toma,  te conviertes en él y sueñas que imitas sus muecas y abres y cierras tus puños como si fueran los diminutos puñitos de él. Adivinas sus cambios de humor y entiendes sus llantos con un sexto sentido que nadie podrá igualar. Tu piel es cálida, tersa y tan suave que te resbalan los dedos cuando te tocas, incrédula. Notas como miles de pequeños caminitos de leche recorren tus pechos, hinchándolos, notas como te hormiguean los pezones y se humedecen con las primeras gotas y toda tú tiemblas, preparada para darle de comer otra vez, mientras el bebé se despierta de su sueño moviendo su boca y succionando sus deditos, buscando ese alimento que tú tienes.

Si la lactancia va bien, el bebé llenará su pancita a intervalos regulares y dormirá plácidamente mientras digiere lo que acaba de tragar y este primer período no tiene por qué tener mayor complicación, porque el bebé solamente come y duerme y tú puedes aprovechar para mirarle embelesada durante horas mientras las motas de polvo bailan en el haz de luz solar que se cuela por las ventanas y sus silenciosas piruetas es toda la actividad que permites en tu casa, para que nada despierte al bebé.

Pero si la lactancia no va bien por lo que sea, el bebé no ha llenado lo suficiente su estómago, si no hay nada para digerir, no hay sueño y si el bebé no duerme, te vuelves loca, porque tú tampoco dormirás. El sol invernal colándose por las ventanas te importa un pepino y si acaso te fijas en la ventana, es para plantearte seriamente saltar por ella.

No voy a daros consejos sobre cómo sobrevivir esos primeros días y semanas con un recién nacido, ni sobre la lactancia, que para eso hay libros y otros blogs. Además es una experiencia intransferible y hasta que no hayas pasado por ella, no sabes… no entiendes los consejos hasta que no estés hasta el cuello metida en la situación y entonces te pones a buscar y ya encontrarás algo que te valga, o la vida lo pone en tu camino. En mi caso, me ayudó muchísimo la pediatra del centro de salud, que me dijo muy al principio, cuando acudí a la consulta hecha un mar de lágrimas, superada por la lactancia que intuía que no iba bien, aunque el agarre, las posturas y la frecuencia de las tomas fueran correctos. Y me dijo:

“Todas las tetas valen y todas las boquitas de bebé valen. Eso métetelo en la cabeza, punto número uno. Punto número dos, olvídate de la super woman que has sido hasta ahora, olvídate de la casa, de la cocina, todo lo que no sea dar de mamar que lo hagan otros o que se quede sin hacer y se hará cuando se pueda. Ya volverás a tener tiempo para todo. Hasta los pañales los puede cambiar tu marido y tú aprovecha todos los ratos que no le tengas en la teta para descansar, duerme lo que puedas con el bebé y no te plantees más.”

Todos los comienzos difíciles se superan y tras este período inicial de locura, seguirás adelante con más o menos sueño, ojeras más o menos grandes, tu figura cada vez más o menos estilizada… y la vida seguirá su rumbo. Pueden surgir mil contratiempos – cólicos de lactante, depresión postparto, otros problemas médicos… pero tras la trituradora demoledora de tu ego que es el cuidar de un recién nacido en las primeras semanas, tú ya puedes con cualquier cosa.

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