Cuento de las Cosas Que Pasan

Cuentan las leyendas que cuando un niño nace, las Hadas Madrinas se reúnen sobre su cunita y le obsequian con Dones que marcarán su vida y su destino.

Pero yo prefiero imaginarlo de otra forma.

Hay en el cielo una sala enorme llena de baúles y esos baúles están llenos de Cosas Que Te Sucederán En La Vida. Cada persona tiene su baúl allí arriba. Cada uno está custodiado por un hada que se encarga de mandarte las Cosas que va sacando del baúl: las buenas son pelotas de colores brillantes, agradables a primera vista y las malas son oscuras y malolientes.

Aquí si creéis en el karma y todo eso, podríamos decir que las hadas se asignan en función de lo bien o mal que os hayáis portado en las vidas anteriores y cuanto más hayáis sufrido, cuantos más méritos hayáis hecho , más hermosa y buena será vuestro hada y más cuidado pondrá al elegir vuestras bolas.

En el caso de mi niño, su Hada era un ser excepcional, con las alas de color del arco iris y un brillo dorado irradiando de su piel, bondadosa y  poderosa. Sólo le mandaba Cosas Buenas y era la envidia de las demás hadas.

Los baúles se reparten al azar y cada uno lleva el suyo lleno de bolas de diferentes tamaños y colores, mezcladas las buenas y las malas. Las hadas te mandan lo que ellas eligen.

Hay en el cielo también unos duendecillos maliciosos, que trastean entre los baúles y en cuanto pueden, se dedican a mandar a la gente Cosas Malas, sólo para divertirse. Un día, el Hada de mi niño tuvo que ausentarse un rato y dejó el Baúl solo. Un duendecillo con la cara afilada y los ojos pequeños y hundidos, brillando con malicia, se acercó rápido y levantó la tapa. Removió las bolas y se le cortó la respiración de la emoción al ver una, muy diferente de las demás.

Había allí una extraña bola de un repugnante color verduzco, turbia, blanda pero pesada, que parecía absorber el aire a su alrededor de la fuerza de la maldad que condensaba en su interior.  Saltaba a la primera  vista que aquello no era ninguna cosa buena.

El duendecillo la reconoció al instante. ¡Aquello sólo se veía en uno de cada diez mil baúles!

Era Glaucoma Congénito Bilateral.

No podía creer su buena suerte. Rápido, antes de que el buen Hada volviera, agarró la bola y la lanzó hacia mi niño y se escabulló.

El mal estaba hecho. No sabemos si el Hada lo descubriría al instante al regresar junto al Baúl, pero ya nada se podía hacer. Abajo en la Tierra, nos dimos cuenta tres meses y medio después de dar la bienvenida a mi niño entre nosotros.

Desde entonces, el Buen Hada no volvió a separarse del Baúl, estuvo allí mientras operaban al niño de urgencia, estuvo allí durante el postoperatorio y está allí cada cuatro meses en cada revisión y le sigue lanzando muchas bolas buenas a mi niño, pero principalmente, le manda las que están llenas de la luz para sus ojos.

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