40 semanas

O séase, el embarazo.

¿Os apetece algún achaque? Sea el que sea, la embarazada puede sufrirlo. Así que si os quedáis embarazadas, se os abre un abanico amplísimo.

Basta con leer algo de literatura sobre el embarazo, que en el mercado hay mucho donde elegir así que no me voy a detener en describir todos los cambios que experimenta el cuerpo de la mujer, sólo recordaré que son a todos los niveles y sistemas, y por mencionar algunos… ¿Sabíais por ejemplo que después del embarazo, puede que te quedes con una talla más de pie?

Sí señores, es por culpa de la “relaxina”, una hormona que se empieza a segregar y cuya tarea es aflojar o ablandar las articulaciones, principalmente de la pelvis para permitir el paso del bebé. La relaxina actúa también en el resto del cuerpo y por lo visto los huesecillos del pie son muy propensos a “relajarse” y puede que nunca vuelvan a su tamaño original. Por eso también muchas madres después del parto parece que han ensanchado de caderas y no es sólo por la grasa que se acumula para servir de reserva de energía para la lactancia.

Otro achaque curioso, pero no menos doloroso, aunque calificado como “leve”, son unos pinchazos en el hueso púbico que se llaman “diástasis de la sínfisis púbica”. Menudo nombre. Imaginad la conversación:

“Hombre, Pepita, ¡qué guapa estás! ¿Qué tal llevas la tripita?”

“Bueno, allí voy… me ha dado diástasis de la sínfisis púbica.”

Pues puede pasar, yo conozco a una persona a la que le dio y fueron tales los dolores, que hasta se pidió la baja por ello… pero ella lo explicó así:

“Es que tengo unos pinchazos tremendos por aquí…” Y siguió en voz baja: “¡Pues que me duele todo el coño!”

Y para terminar, aunque la lista es de verdad interminable pero no me quiero enrollar, otros de los síntomas más conocidos de embarazo tal vez sean la sensibilidad a los olores y las náuseas y/o los vómitos.

Estos dos pueden convertir vuestro día a día en un infierno, porque la sensibilidad a los olores no tiene porqué ser a los desagradables como sudor o alcohol en el aliento, o tabaco – cosas relativamente fáciles de evitar porque suelen ser casos aislados. Es que la sensibilidad puede ser también a los olores generalmente considerados “buenos” y agradables y que nos rodean por todas partes pero para el olfato de una embarazada de pocas semanas son nauseabundos a más no poder.

Recuerdo que uno de los primeros olores que me empezó a molestar era el de detergente y el suavizante (puaj!) en la ropa recién lavada – tenía que tender la ropa con guantes para que no quedara ni rastro del perfume en mis manos porque no lo soportaba. Asimismo lavaba los platos con guantes porque la fragancia del Fairy me superaba. Pero no sólo era eso. Detestaba el olor de champú en el pelo y fue verdaderamente difícil encontrar alguno con olor neutro, por no hablar del desafío que suponía en sí el lavarte el pelo con guantes de goma. El aceite de almendras, muy recomendado para la piel de la tripa y pechos para evitar las estrías y cuyo olor me encantó cuando lo compré, muy pronto se convirtió en el olor del demonio y no podía ni ver el frasco.

No me libraba ni fuera de casa – durante mis caminatas diarias para ir a la oficina me tocaba cruzar un parque plagado de tilos en flor y tuve que aprender a dar varios rodeos para evitar los dichosos árboles que con su aroma dulzón me mareaban profundamente.

Y las náuseas, qué decir sobre las náuseas. No eran matutinas ni mucho menos. Me acompañaban durante todo el día y de hecho se intensificaban hacia el final de la tarde. Recuerdo que llegaba del trabajo y me tiraba en el sofá, con la tripa como un balón debido a los gases (otro síntoma), incapaz de nada (cacao mental total debido a las hormonas y al malestar general por las náuseas) y hecha un guiñapo (cansancio y mucho sueño, otro típico síntoma de los primeros meses). Así estuve un par de semanas hasta que empecé a devolver. Unas arcadas que surgían de la nada y con una facilidad pasmosa me obligaban a  volcar el contenido de mi estómago en el momento menos oportuno.  Así que vomité en las papeleras en la calle (iba literalmente “vomitando por las esquinas”, como comentó mi marido, creyéndose muy ingenioso), vomité por la ventanilla del coche mientras mi marido frenaba apresuradamente el coche en el arcén de la carretera – no me dio tiempo ni a abrir la portezuela; y vomité infinidad de veces en el baño de mi empresa, cuyo váter se reflejaba en mi retina durante aquellos días más que la pantalla del ordenador.

Pasados los tres primeros meses, os hacen la primera ecografía, que os llenará los ojos de lágrimas porque de repente todo ese sufrimiento tendrá una prueba tangible de que había valido la pena y cuando veáis en pantalla esa imagen granulosa de sombras y luces con forma de cabeza y cuerpecito, agitando unas mini extremidades, sentiréis un enorme orgullo y alivio de que lo estáis haciendo bien.

Y así os sucederá con las dos ecografías siguientes – sobre todo la de la semana 20 cuando os pueden llegar a decir hasta el sexo del bebé y saldréis del hospital con la sensación de estar flotando encima de la acera pensando “es un niño, es un niño, es un niño” pero seguro que saldríais igualmente alucinadas, con la misma sensación de incredulidad y alegría si fuera una niña.

La ecografía es como un chute de adrenalina y representa ese feedback positivo y muy necesario para vuestro yo mareado y algo decaído porque vuestra ropa os empieza a quedar estrecha y os veis francamente mal, muy mal… aunque tengáis las uñas más fuertes e inquebrantables que jamás habéis tenido, creciendo a una velocidad inédita… pero por lo demás estáis hechas un trapo, ansiosas, estreñidas, hipersensibles y con el yo flotando inseguro en la cresta de una interminable ola de náuseas y vómitos.

Como os decía, el primer trimestre es el más delicado, el porcentaje de aborto espontáneo es bastante grande, todo se está asentando así que convenimos no decir nada hasta que hubieran pasado estos tres meses y pudiéramos estar seguros. Pero tanto mi marido como yo sentimos la necesidad de “colar” la noticia antes del tiempotuvimos que decírselo a alguien para no reventar de la presión de la expectación y de la sensación febril y agitada de que en nuestras vidas estaba sucediendo lo más grande que puede dar de sí la vida – una nueva vida.

Pasada la “prueba” del primer trimestre, siendo ya embarazada “oficial”, una de las cosas más bonitas es que se lo dices a la familia y amigos cercanos y que las náuseas van desapareciendo poco a poco y que empiezas a sentir los movimientos del bebé y que el aplastante cansancio de las primeras semanas también va remitiendo.

En el segundo trimestre, era pleno mes de agosto, me iba a nadar a la piscina de verano. Mientras cruzaba la piscina lentamente nadando de espaldas, imaginaba a mi bebé flotando dentro de mi cuerpo ingrávido en esos momentos, flotando en el agua azul bajo el sol cegador y me embargaba una sensación de paz.

En septiembre empecé a ir a un curso de gimnasia de premamá, una clase en el gimnasio y otra en la piscina. Al final de cada clase de piscina, mi bebé solía dar una vuelta completa sobre sí mismo en mi barriga, fue una sensación espectacular, como si quisiera expresar que él también sentía las endorfinas producidas por el ejercicio. Coincidíamos todas las mamás que tras nuestras jornadas laborales a todas nos costaba llegar hasta el polideportivo, pero que todas salíamos de cada clase mejor que entrábamos.

Al principio, estábamos todas recién estrenadas el segundo trimestre de embarazo y el ritmo de las clases nos parecía muy lento. Pero según avanzó el otoño y nuestras barrigas y demás formas se iban redondeando, nuestros andares se volvieron cada vez más tambaleantes, nos entregábamos con precaución a los estiramientos de la espalda y los ejercicios del suelo pélvico que nos iba marcando la fisio, agradecidas de que no había que hacer más esfuerzos.  Cuando tras cada clase de piscina tocaba la relajación final, tumbadas de espaldas, con un churro debajo de la nuca y otro debajo de las rodillas, las redondas tripas lo único sobresaliendo y el resto del cuerpo fundido con la superficie del agua, parecíamos un grupo de boyas con piernas y brazos flotando a la deriva.

Mi chiquitín no era demasiado revoltoso ni tampoco me dio demasiadas patadas, pero sí notaba la diferencia cuando todos los días después de comer en la oficina, se quedaba quieto, seguramente dormido, mientras yo bostezaba intentando enfocar la pantalla del ordenador y estrujar alguna actividad de mi cerebro aturdido, pero no me atrevía a tomarme ningún café porque no quería “despertarle”.

En mi caso me pasó además una cosa curiosa. Tenía la sensación de que dentro de mí estaba creciendo otra consciencia, en más de una ocasión tenía la sensación física de notar otro cerebro en mis tripas y tenía la sensación – algo incómoda – de que dicha consciencia me estaba “espiando”…

Del final del embarazo recuerdo que estaba dividida a partes iguales entre cierta melancolía de que ya me quedaba poco tiempo en modo “dos en uno” y a la vez una tremenda necesidad de parir ya y a quitarme el tripón que ya me entorpecía mucho.

Y esto ha sido mi embarazo a grandes rasgos, como quien dice en cuatro pinceladas, “en resumiendo”… Permitidme ahora un paréntesis  de tres días (de los que ya hablaré en otra ocasión si eso) y después de este pequeño salto en el tiempo nos vamos directos al postparto. ¡Pero eso en el siguiente post!

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