Reflexión del Día de la Madre

Hace dos días he celebrado mi cuarto Día de la Madre y me ha dado por reflexionar…

Cada uno vive la maternidad de otra manera, madres hay miles, niños hay miles, así que lo que vaya a desgranar a continuación,  no lo toméis como ninguna verdad absoluta. En esto de ser madre, cada día es un nuevo desafío y lo que valía ayer, no tiene porqué valer hoy.  Te viene a la mente la famosa frase de “sólo sé que no sé nada”.

Si intentara imaginar cómo sería mi vida con el churumbel dentro de X años, la verdad es que no tengo ni idea. Eso es lo maravilloso, que tener un niño es como escribir en un libro abierto, cada página es un espacio impoluto en blanco y sólo tú decides con qué lo llenas.  Yo lo único que sé que quiero que el libro de la vida de mi pequeño, por lo menos estos primeros años en los que sí puedo influir (que llegará un momento en que empezará a escribir su propia historia él solito) sean de lo más luminoso, alegre y feliz. No me planteo más. Mi método educativo es adaptativo al cien por cien y sólo me gustaría inculcarle empatía, generosidad  y amplitud de miras.

Al principio, durante los primeros meses con mi bebé, todo el rato estaba imaginando el primer algo: la primera sonrisa, la primera vez que sostenga la cabeza erguida él solito, la primera vez que se siente él solito, la primera vez que gatee, la primera palabra, etc.  Pero en torno a los 8-9 meses me cansé de esa actitud porque me parecía que siempre vivía “en el futuro” y de alguna manera me di cuenta de que el tiempo  pasaba volando y no alcanzaba a disfrutar lo suficiente el presente.

De una cosa sí estoy segura – por comentarios de gente mayor y por lo que empiezo a sentir dentro de mí – que al final del camino, cuando el hijo “por fin” sea mayor, independiente y eche a volar, yo le echaré de menos con una fuerza desgarradora y añoraré estos primeros años, cuando aún son pequeños e inocentes, te tienen en un pedestal y parece que son tuyos, sólo tuyos.

Parece que me estoy adelantando, sin embargo a veces, en esas mañanas en las que he oído la palabra “mamííí” unas 500 veces en una franja de dos horas, pienso en mi vida dentro de 20 años y en la paz que por fin podré disfrutar.  Pienso en todo lo que podré hacer, disponiendo de todo mi tiempo. En cómo me dedicaré a tocar música, a pintar, a coser, en cómo tendré la casa limpia y recogida, en cómo me meteré en la cocina a cocinar por el simple placer de cocinar, no porque haya que hacerlo porque resulta que tienes esa manía de no querer criar a tu hijo con pizzas, congelados fritos y demás porquería y no puedes darle una ensalada, que es lo que sí te apañarías para ti cuando no te apetece guisar. Y a la vez pienso en que este pensamiento no se me tiene que olvidar, para que así en el futuro poder sobrellevar el síndrome del nido vacío, porque sé que dentro de 20 años estaré justo al revés: deseando que mi hijo se quede en casa un poquito más.

En fin, para terminar con esta reflexión: con cuatro años y medio de maternidad a cuestas, intento vivir el día a día y no perderme ni un momento, porque la añoranza por lo que ha pasado y no volverá se empieza a colar en mi alma.

Parece ayer y sin embargo, parece hace una eternidad que mi hijo aún era un bebé. Miro las fotos de los primeros meses y no las reconozco.

Siento un enorme cansancio al pensar en todo el trabajo que ha costado el llegar hasta aquí, pero no me puedo detener demasiado tiempo a indagar en ese sentimiento porque la crianza es algo tan intenso que te absorbe por completo y te necesita entera en el aquí y ahora, con miles de cosas que hacer. Los días pasan volando y tu hijo crece, pero no te das cuenta hasta que un día te da por recapitular y entonces te mareas al intentar abarcar con tu mente lo que han sido estos cuatro años.

Es como ir en un tren súper veloz a toda mecha e intentar hacer fotos de los vagones que llevas traqueteando detrás, mientras el viento silba en tus oídos y te tira del  pelo, enredándolo.

Así que te agarras fuerte, miras para adelante e intentas disfrutar del viaje como puedas, porque es un tren dónde llevas comprado un billete para toda la vida.

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