Del baúl de los recuerdos I

En los últimos post me he dedicado a reflexionar sobre diferentes aspectos de la crianza, pero no olvidemos que esto es un blog personal así que toca contaros algo mío, algo vivido… además se supone que esto me debe servir como una especie de terapia, así que ¿qué mejor ejercicio que  contaros los recuerdos de mi infancia?

Y es que hay una cosa que os pasará seguro cuando os convirtáis en padres y es que rememoraréis vuestra propia infancia pero desde el punto de vista del adulto y os sentiréis conectados con vuestros padres como nunca antes. De repente, entenderéis muchas cosas y tal vez sintáis la necesidad – como me pasó  a mí – de hasta pedirles perdón por lo horribles e inaguantables que habréis sido de niños – ahora que estaréis viviendo en vuestras propias carnes la implacable tozudez de un egocéntrico pequeño “dominator”.   Por otro lado, no puedo evitar recordar mi infancia cuando veo a mi hijo y ello me ayuda a entender cómo se siente… tal vez peco de madre demasiado indulgente, pero es que pienso que esto no es fácil para ninguno de los dos – él nunca había sido “hijo” y yo nunca había sido “madre” sin embargo sí he sido hija, así que puedo ponerme en su lugar.

¿Qué recuerdo de mi niñez?

… Nací en el bloque soviético, unos diez años antes de que cayera el Muro, así que de mi infancia los recuerdos que tengo es que todo era gris. No podías opinar, ni destacar, así que intentabas pasar desapercibido.

Miento, sí recuerdo momentos muy coloridos: las faldas de mucho vuelo con un vivo estampado de flores que nos pusieron un año, cuando con ocasión del Día Internacional de la Mujer (el equivalente del Día de la Madre) nos hicieron pintar unas tarjetas de felicitación e ir a un centro cultural a bailar delante de una sala llena de mujeres anónimas, por lo menos para mí. Tal vez alguna compañera tuvo la suerte de tener en el público a su abuela o alguna vecina, pero yo le di la tarjeta y un beso a una señora completamente desconocida.

También fueron coloridos los farolillos de papel que portábamos todos los años en el gran desfile con ocasión del Día del Trabajador. Hubo un año que mi abuelo nos instaló en la base del palo que sostenía el farolillo una batería grande con forma de un prisma rectangular, de la cual subía un cable hasta una bombillita dentro del farolillo y había un interruptor con el cual podíamos encender y apagar la luz a voluntad. ¡Aquello fue lo más de lo más!! Creo que el día del desfile ya no quedaba batería de tanto encender y apagar en casa el día anterior.

Mi abuelo materno había  sido conductor de camiones y era viudo y durante los primeros 5 ó 6 años de mi vida, vivió con nosotros. Luego se volvió a casar y se mudó con mi nueva abuela, una señora rellenita que se comía cajas de bombones de chocolate enteras viendo la tele y me enseñó a dibujar y terminó sus días llevando unas gafas “culo de botella” debido a la diabetes. Tengo un recuerdo grabado y es cómo mi abuelo (que por cierto se llamaba Jarek), vino un día a verme con la mano llena de banderines, por 100.000 kms sin accidente, por 250.000 kms sin accidente y tenía hasta uno con 500.000 kms sin accidente, lo cual de pequeña me parecía alucinante; y me pidió humildemente que si a cambio de que me regalaba los banderines le podía prestar unos rotuladores.  ¡Perdí el culo! Y fijaros, yo era una niña de cuántos… unos seis años como mucho, y mi abuelo me pidió mis rotuladores “por favor” y hasta me ofreció algo a cambio. Siendo él el adulto, los podía haber cogido sin más. Pero no lo hizo. Y aquello se me quedó grabado  (en la peli de Inside Out, sería un recuerdo esencial que formaría la Isla de la Empatía o algo así…).  Mi abuelo Jarek horneaba un sabroso pan casero, unas hogazas que olían estupendamente y en invierno, hacía chucrút casero – este ya no olía tan bien. Lo tenía en un barril en un rincón del recibidor, tapado con unas piedras pesadas. Sabía silbar con dos dedos con tal fuerza que ¡temblaban los cristales en las ventanas! En serio, ¡un silbido de mi abuelo se oía por toda la manzana! Debió de vivir con nosotros más de 5 años porque mi madre se quedó en casa justo eso y cuando ella se reincorporó al trabajo, recuerdo que hubo una época que mi abuelo nos cuidaba a mi hermana pequeña y a mí, nos llevaba al cole y nos recogía. A lo mejor decidió casarse e irse a vivir a otra casa por eso, para librarse de ser el esclavo que cuidaba de sus nietas…

Sería entendible, porque mi abuelo era camionero, hijo de minero, así que no era muy de hacer coletas.

De pequeñas, mi hermana y yo llevábamos el pelo largo, yo con dos coletas y ella con una. Mi padre que siempre nos regalaba algún coche en los cumpleaños y en Navidad, nos convenció dos veces a lo largo de mi infancia para que nos cortáramos el pelo “a lo garcon”: la primera vez, nos convenció a las dos y a mi madre casi le da un ataque cuando nos vio; así que la segunda vez, sólo me convenció a mí (la dichosa Isla de la Empatía…).

Mi padre era ingeniero químico y trabajaba en el departamento de investigación de una gran central química, cuyas chimeneas siempre echaban grandes columnas de humo (a veces de colores). Las veíamos desde el autobús, cuando cruzábamos toda la ciudad para ir al zoo de vez en cuando. Cuando era pequeña, no teníamos coche, aunque mis padres tenían el carnet ambos. Pero mi madre nunca había cogido suficiente práctica ni tenía muchas ganas de ello y mi padre tuvo tres accidentes de coche serios así que tras el último, entregó el carnet voluntariamente y no quiso volver a sentarse al volante. Así que para ir al zoo, había que coger un autobús y luego un “troleybús”. De pequeñas nos encantaba aquella excursión. Llegábamos al zoo y mi padre nos compraba una gran bolsa de patatas fritas y enormes bolas de algodón de azúcar.

Normalmente íbamos solas mi hermana y yo con él, supongo que mi madre aprovechaba para descansar en casa. Siempre le preguntábamos por qué no se venía con nosotros y siempre decía que no le apetecía.

Mi padre nos llevaba también en tren a las montañas a las afueras de la ciudad a hacer senderismo o simplemente cogíamos el autobús que pasaba por delante de casa, hasta la parada final a unos 10 minutos de trayecto, dónde empezaban unos bosques que tenían muchas sendas y varios refugios de madera para que pudieran descansar y merendar los excursionistas. Lo llamábamos “la senda de Hansel y Gretel” (los refugios eran las Casitas de Chocolate en nuestra imaginación) y nos encantaba ir. Cuando crecimos un poco, íbamos a dar largas caminatas siguiendo el curso de un río, en primavera a recoger velloritas y en septiembre, a recoger moras…

Esta pasión por las excursiones en la naturaleza mi padre la heredaría directamente de mis abuelos paternos, que durante toda su vida, hasta sexagenarios, escapaban de la ciudad para hacer unas rutas de 20 ó 30 kms por el campo. Vivían en la capital, en Praga, a unos 500 kms de nosotros. Mi padre fue el hijo independista que se separó de su familia tras finalizar sus estudios universitarios, o tal vez simplemente le mandaron a ocupar aquel puesto de investigador en la central química en Ostrava, una ciudad llena de industria al norte de Moravia: había sido una ciudad minera y tenía unos altos hornos  también, además de la central química que daba de comer a mis padres.  Así funcionaba el comunismo – te daban un puesto de trabajo, te daban la casa… pero no podías elegir.

Mis abuelos paternos vivían en la capital, como os decía, en un piso enorme en pleno barrio de Vinohrady, que sería el equivalente al barrio de Salamanca o Chamberí en Madrid. Mi abuelo era médico y director de unos de los  hospitales más importantes de la capital y miembro convencido y entregado del partido comunista. Creía en la igualdad y en el trabajo común, así que pese a su posición, trabajaba 16 horas al día pero sólo permitía que le pagaran por 8, el resto, lo hacía como su aportación al bien común. Así que mi abuela, que abandonó sus estudios de medicina durante la segunda guerra mundial y nunca los retomó, puesto que se casó y tuvo a sus tres hijos (trabajaba como administrativa en algún órgano relacionado con la sanidad), tuvo que hacer malabarismos para mantener a su familia con el nivel correspondiente a “esposa del director de hospital”.

Mi abuela venía de una familia de sastres y para ahorrar por ejemplo confeccionaba ella sola su ropa y la de sus hijos. A mi padre y mis tíos todavía les entran escalofríos cuando recuerdan aquellas creaciones que se veían obligados a vestir. Cuando yo era pequeña, mi abuela seguía cosiendo  y como mi madre también cosía, de allí me viene a mí mi propia pasión por la costura.

En cuanto a la comida, para dar de comer a cuatro hombres en casa, mi abuela cocinaba y horneaba a diario y se convirtió en una excelente cocinera, de esas típicas abuelas que todo les sale riquísimo. Mi abuelo a veces se metía en la cocina también y no se le daba nada mal. Se entretenía mucho con los dulces y tenía una capacidad increíble para que le salieran perfectos, era muy detallista así que si hacía empanadillas de masa de hojaldre con relleno de amapola, una de sus especialidades, le salían todas iguales, la masa uniforme, con los pliegues perfectamente recogidos, no se le salía el relleno por ningún lado. O si hacía galletas de mantequilla rellenas con mermelada casera de grosella, todas tenían el mismo grosor, el agujero en la galleta de arriba (para que se viera un círculo del relleno) estaba justo en el centro… Otra de sus especialidades eran unas galletas alargadas que llamaban “serpientes” y que parecían más bien tronquitos nudosos, porque llevaban avellanas enteras que abultaban la masa. Y así podría seguir…

Cuando mi padre era pequeño, mis abuelos se hicieron con una parcela a una hora de Praga, en un valle cubierto de bosque de pinos y abetos  y surcado por un río que yo siempre vi con aguas marrones, turbias por la contaminación, pero mi abuelo me contaba que cuando se bañaban allí los primeros años, el agua era cristalina y se veían las piedrecitas del lecho del río, cosa que no me podía ni imaginar. La parcela venía con una casita a medio construir y mis abuelos cogían todos  los viernes a sus tres hijos y muchos bártulos y se iban en tren para pasar el fin de semana en el campo, construyendo su casita de verano poco a poco.  Mi abuelo la levantó con sus propias manos y mi abuela, haciendo gala del espíritu ahorrativo, le ayudó a forrar las paredes por dentro con periódicos viejos, para aislar; las ventanas, las encontraron en un vertedero; los muebles, los hizo mi abuelo (a excepción del horno que vino a construir un señor que sabía de hornos y tiros de chimenea) y mi abuela confeccionó las cortinas, colchas y cojines con telas rebajadas y diferentes retales y la verdad es que la casita quedó preciosa.

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Después sembraron grosellas y frambuesas, perejil, cebollino, zanahorias y muchas flores en el jardín: rosales rodeando la valla, phlox en el pequeño patio de entrada y por detrás de la hamaca que colgaba entre dos robles y muchas dahlias y crisantemos. Plantaron hasta un cerezo pero tenía cerca un abedul grandísimo que le quitaba todos los nutrientes, según la teoría de mi abuela, así que era un cerezo muy esmirriado que daba muy poca fruta. Durante mi infancia, recuerdo a mi abuelo agachado con un gran sombrero de paja, quitando malas hierbas y cuidando de sus parterres sin cesar. Cuando mi padre y sus hermanos crecieron, mis abuelos adquirieron otra casona en el pueblo cercano, a unos 5 minutos andando, que era una antigua posada, y se la regalaron a mis tíos, que la reformaron y utilizaron como sus residencias de verano. A mi padre, como vivía a 500 kms, le invitaron a usar la casita de verano de mis abuelos. Los primeros cinco años de mi vida, mientras mi madre se quedó en casa con mi hermana y conmigo, nos trasladábamos de junio a septiembre a vivir allí; y cuando mi madre volvió a trabajar y nosotras entramos en la guardería y en el colegio, mis abuelos justo se acababan de jubilar y lo que hacíamos era que julio y agosto lo pasábamos en la casita de campo con ellos, pasándolo en grande jugando a diario con nuestros primos.

Un par de veces mis padres consiguieron que les dieran plaza y permiso para irnos a Bulgaria, otro país del bloque y destino codiciado de vacaciones veraniegas (superado tan sólo por la antigua Yugoslavia),  a pasar un par de semanas en la playa. Recuerdo el viaje en avión y de Bulgaria, que estábamos alojados en unas casitas de apenas 8 metros cuadrados, de dos camas cada una: mi hermana con mi madre dormían en una casita y yo con mi padre en otra. Nos encantaban las olas y la arena. Algunos días había tantas medusas en el agua que no se podía ni entrar y otras, las olas eran tan fuertes que sólo podíamos entrar agarradas fuertemente del brazo de mi padre. En una de esas, me solté y la ola me vino encima y me aplastó contra el fondo arenoso, mientras mi padre me buscaba frenéticamente entre la espuma y consiguió sacarme de pura chiripa. Algunos días, el mar traía muchas algas y una vez, mientras nos secábamos en las toallas, mi padre se fue a bañar solo y nos hizo una gracia: buceando recogió un buen manojo de algas y salió del mar gateando, con las algas en la cabeza a modo de peluca, para gran regocijo nuestro y de todos los niños presentes en la playa. También recuerdo que mi padre se enfadaba conmigo en el comedor, porque nos daban de comer una ensalada de tomates muy maduros en un plato muy llano y a mí se me salían los resbaladizos trozos de tomate del plato, intentando pincharlos se me caían del tenedor y dejaba el mantel del restaurante manchado de jugo de tomate. Recuerdo la discusión de mis padres: mi padre recriminándome y mi madre, defendiéndome. Uno diciendo: “¡Está a punto de cumplir los cinco años, jolines, ya puede saber comer bien!”  y mi madre excusándome: “Sólo tiene cuatro años y estos platos son muy llanos, normal que se le salga.”

Continuará… que el “aquí y ahora” me está reclamando otra vez…

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