Control de esfínteres

Imaginad la escena de la típica película hollywoodiense: un cementerio, día de lluvia. Bajo el cielo gris y encapotado, las gotas de lluvia cuelgan de las hojas de los árboles y tiemblan trémulas en el borde de los paraguas, el olor de la tierra recién removida se mezcla con el dolor de los allí congregados, un grupo de seres con gabardinas oscuras, sumergido en su pena, sus caras dibujan el vacío que sienten sus almas, sus ojos bañados en lágrimas, y entonces el cura dice gravemente, con música solemne de fondo:

“Somos polvo y en polvo nos volveremos…”

Pues hay en la vida de los padres un momento, una etapa, cuando os topáis con la misma sensación de fatalidad, de pequeñez, de insignificancia, de desolación y de amargura,

y es cuando procedéis a retirar el pañal a vuestro bebé.

Hasta viviréis rodeados en un ambiente de humedad como en un buen día de lluvia, y eso porque vuestra casa estará llena de pantalones, braguitas o calzoncillos y ropa de cama secándose.

Pero vayamos por partes.

Nace vuestro bebé, echáis mano de los pañales de usar y tirar, algunos pocos optarán por los pañales reutilizables (que se lavan en la lavadora como los paños de gasa de antes, pero no tienen nada que ver con aquellos toscos trozos de tela cuadrados, los pañales de tela hoy en día son todo un mundo por descubrir, de marcas, materiales, diseños… ¡buscad en internet y alucinad!) y algunos pocos optarán por el método “sin pañal”. Sí sí, como lo leéis, es un método que consiste en pillar los momentos en los que vuestro bebé hace sus necesidades, le sujetáis elegantemente encima del lavabo y ¡tachán! no necesitáis los pañales para nada.

Bueno, nosotros fuimos de la mayoría y usamos los “dodotis”, aunque en nuestro caso fueron los “jaguitis” (marca Huggies). Desde el momento cero te haces con una buena provisión de extra suaves, ultra secos e hiper finos, amén de hipoalergénicos y ergonómicos inventos de celulosa, de forma irregular…

Ay, me estoy liando. Estaba intentando describir un pañal de forma ingeniosa, pero va a ser que hoy no es mi día…

En fin, te haces con una buena provisión de pañales y cremas de culito de varios tipos (que en la parafarmacia es todo un pasillo lo que hay), en un santiamén dominas la técnica de colocación y recambio a la perfección y no tienes que preocuparte de esta parte hasta dentro de unos tres años, edad a partir de la cual los niños dominan el control de esfínteres de forma espontánea, según los expertos; siendo la media de edad a la que han quitado el pañal como por arte de magia todas las vecinas de vuestra suegra y todos los amigos, conocidos y familiares que tengáis, unos dos años, dos y medio como mucho.

Así que, según se acercan los dos años, empezaréis a hacer los primeros y entusiastas tanteos con el orinal y empezará vuestra pesadilla.

Os digo una cosa: después de vivir la retirada de pañal con mi pequeño angelote y compartir confidencias con algunas amigas íntimas, recabar trozos sueltos de conversaciones, alguna palabra que se le haya escapado a algunos y atar unos cuantos cabos (aquella vez que estando en casa de X, Pepito se ha meado encima en medio del salón), he llegado a una conclusión: Estoy convencida que todos esos súper papás que le quitaron el pañal a Pepito en el primer verano después de los dos años, “aprovechando el calor”, se callan algo.

Tal vez Pepito andaba sin pañal, pero se seguía haciendo pis encima hasta bien entrado el invierno (tenía “escapes” más o menos frecuentes), tal vez Pepito se haya quitado el pañal de día pero ha seguido meándose por las noches hasta los cuatro años o más, tal vez había que estar encima de Pepito preguntándole cada diez minutos si quería hacer pipí y emprender una carrera a contra reloj en dirección al baño más cercano obligando al pobre crío a vaciar la vejiga cada hora o dos. Pero eso la gente no lo va a decir. Os van a decir como una mantra que han quitado el pañal el primer verano después de los dos años, aprovechando el buen tiempo.

Claro. Como si el hecho de que haga 40 ºC en sombra en Madrid en verano influyera mágicamente en la capacidad del crío de avisar cuando tiene ganas y sentarse en el orinal o el adaptador de la tapa del váter y soltar lo que tenga dentro.

El control de esfínteres es un proceso madurativo. Un poco de teoría según los libros: Digamos que a nivel fisiológico, los músculos del esfínter han madurado lo suficiente o tienen la fuerza suficiente de cerrarse y abrirse a voluntad, a partir de los dos años pasados. Pero en cada niño puede ser un poco individual, habrá niños que tengan el músculo “maduro” antes, otros después. Y luego viene la otra parte, y es la del coco. Que el niño aprenda a ser consciente de que tiene ganas de hacer pipí o caca, que sepa decirlo y que “controle” desde su cerebro ese músculo maduro y listo para entrar en acción.

Obviamente, el paso dos no se puede dar sin el paso uno, es decir, si el músculo no está maduro fisiológicamente, por más que se empeñe el cerebro, lógicamente no va a poder. Y el paso uno digamos que sucede sin que lo podamos controlar.

Ahora, ¿se puede influir en el paso dos? ¿Es vagueza pura del niño o a lo mejor, alguna parte de su cerebro, algún circuito lleno de sinapsis nerviosas también tiene que madurar y el paso dos también sucederá cuando tenga que suceder?

Como creo que nadie ha podido ver qué es lo que sucede dentro del cerebro de un niño de 2 ó 3 años, yo personalmente opto por concederme por lo menos el beneficio de la duda.

Habrá gente que lo tenga claro  y no se ande con miramientos de si el cerebro madura o no. Para ellos, el niño es un vago, o sus padres son unos vagos, y punto. Y habrá gente como yo más inclinada a confiar en la opción de la madurez, no metiendo a su probablemente inocente hijo en el cajón de los vagos e imposibles así como así.

Por cierto, también habrá psicólogos que desentrañarán extensas teorías sobre cómo “el pañal ha formado parte de su vida desde que tiene uso de la razón, sus excrementos son algo de su cuerpo y a los niños les angustia ver cómo de repente desaparecen por el váter hacia lo desconocido”.

Yo sinceramente no pienso que a mi hijo le angustiara pensar qué pasaba con sus cacas  después de que abandonaran su cuerpecillo, porque por la misma regla de tres, se aferraría a su pañal cagado y lucharía con uñas y dientes para que no se lo cambiáramos o atesoraría los pañales cagados en su habitación cual tesoros, para que a sus valiosas caquitas no les pasara nada en el vasto mundo que hay después de la papelera. No sé si algún niño tiene alguna colección de cacas fosilizadas debajo de la cama (os digo por experiencia que el montón sería considerable)… resumiendo, estas chácharas de los psicólogos me han sonado siempre a cuento. Tampoco hay que volverse gilipollas.

En cualquier caso, hay niños que dominan el control de esfínteres antes, otros después. Los pediatras y las profes de la guarde os dicen que es importante no forzar al niño, no regañarle, no perder los nervios, ni la paciencia ni los estribos, así que ¿qué nos queda? Armarnos de cariño y esperar, hacerte con un buen par de guantes de látex y un potente quitamanchas y ampliar el número de mudas de ropa de reserva y aguantar estoicamente los bienintencionados (pero no bienvenidos) informativos sobre los éxitos de Pepito, nuestro niño estrella que se quitó el pañal en el primer verano después de los dos años, aprovechando el buen tiempo.

Y llegará un momento, a los tres años y 1 mes por ejemplo, en que el niño por fin no se hace ni pis ni caca encima ni de día y como premio, ¡ni de noche tampoco! y vosotros, que habíais creído que lo peor era un recién nacido y la teta, luego los gases, luego la época de gateo y empiezo a andar, luego las rabietas, respiráis aliviados y estáis listos a enfrentaros a un nuevo quebradero de cabeza dentro de poco, que será el paso al cole de mayores.

Pero sobre eso ya hablaremos otro día en otro post. ¡Hasta pronto, amigos! Y gracias por leerme 🙂

PD. Vale, me callo algo: a los tres años y un mes, corría el mes de febrero, el peque dominaba el pañal de día, pero por las noches, casi siempre se despertaba con el pañal seco. A lo mejor hubo un pañal mojado dos o tres veces al mes… suficiente para que decidiéramos esperar a quitar el pañal de noche al primer verano después de los tres años, aprovechando el buen tiempo.

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