Borrachos de primavera

La vida de padres transcurre sin grandes altibajos, día tras día de la misma rutina, del mismo agotamiento, de la misma falta de sueño. Sólo de vez en cuando, Dios, el karma o el Sr. Murphy, os envían algo para sacudiros y sacaros de esa cómoda y previsible miseria en la que vivís.

Y entonces os ponéis enfermos de neumonía.

Mientras fuera hay magníficas tardes de sol, los árboles lucen las primeras y tiernas hojas y sus coronas parecen envueltas en vaporosos halos de un verde brillante, mientras los arbustos de forsitias se encienden cuál fogatas de un contundente amarillo, los ciruelos de Japón van sembrando el suelo a su alrededor con un manto de flores rosas dando paso a sus coronas color púrpura, cuando las flores de los almendros se van marchitando… justo ahora, en este magnífico y glorioso momento del año, cuando los algarrobos por fin han florecido y envuelto sus ramas con sus flores color fucsia y cae en fin de semana y hace buen tiempo, tú llevas todo el año esperando esta coyuntura para por fin hacerte unas fotos memorables para el álbum familiar, justo entonces, tú caes presa de un desconocido virus primaveral con 39 de fiebre, dolor de cabeza, dolor agudo de garganta, de pecho… y tras dos días sufriendo lo indecible con ibuprofeno y paracetamol, siguiendo la pauta de “algo vírico” de tu médico, te diagnostican neumonía y te tienes que coger una baja.

Adiós a los parques, aguanta al niño como puedas encerrado entre cuatro paredes mientras fuera estalla la primavera; adiós a tus rutinas, si creías que vivías mal, esto es mucho peor. Baña al niño con fiebre, dale de cenar con fiebre, cuéntale sus cuentos con voz ronca y continuos ataques de tos, imponte para que se duerma en su cama y no contigo porque no se lo quieres pegar y reza, sobre todo reza, para que efectivamente no se lo hayas pegado. Levántate diez veces por la noche, o porque el niño se despierta cada dos horas, reclamando querer ir a tu cama o porque tus pulmones rebosan y necesitas toser hasta que te duelan los costados o porque han pasado ocho horas y te toca el antibiótico, justo cuando acababas de coger el sueño.

En fin. Estando en éstas, el sol primaveral se ha enfurruñado y justo cuando te has animado a plantar en la terraza todas las macetas con semillas y bulbos varios, con la asistencia entusiasmada de tu niño y sintiendo una profunda satisfacción viendo la negra tierra recién regada absorber los cálidos rayos de sol y visualizando las zanahorias, los tomates y los pepinos que cosecharás; entonces viene un día de lluvia y frío.

Así que te has quedado sin el gran as en el manga que tenías previsto para el día siguiente: entretener al niño regando las macetas, visualizando una mañana de domingo tranquila mientras el otro se empapa la ropa y las zapatillas y te encharca la terraza, y te tienes que pasar a algún plan B. Ya has hecho pintura de dedos, acabando con un rollo  de papel de cocina, poniendo una lavadora y sintiéndote exhausta, pero has construido también un cohete para ir a la Luna sin tener ningunas ganas de hacerlo y entonces tu peque, por aquellos derroteros de su mente que tú nunca lograrás comprender y prever, dice la lapidaria frase: “Mamá, ¡quiero hacer galletas!”

Y dando saltitos saca todos los moldes y los dispone en la cocina mientras te anuncia que hoy los vais a hacer todos y se pone a jugar tranquilamente en su cuarto con los utensilios de cocina que te ha robado del cajón. Y tú, viendo su inocente entusiasmo, no tienes el corazón de defraudarle y te pones a hacer la masa en un rincón de la encimera dónde no haya moldes y no te apetece nada hacerlo y entonces, mientras amasaba con mis manos la pegajosa mezcla de harina, yemas, azúcar y mantequilla rallada, he tenido una revelación:

La crianza de niños es como hacer una masa de galletas. Tienes que meter la mano allí y pringarte a fondo y amasar y amasar esa mezcla pringosa que se te mete debajo de las uñas, pero si no cesas y sigues y amasas y amasas, de repente la masa cambia su consistencia y en un segundo se convierte bajo tus dedos en una bola flexible, compacta, en absoluto pegajosa, cálida y perfectamente elástica, con estupendo olor a ralladura de limón, y entonces sientes un gran alivio porque lo peor ha pasado y el resto ya será coser y cantar.

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