Los tres mosqueteros de la crianza

Hoy, aprovechando mis recién renovados depósitos de sueño durante esta Semana Santa, vamos a abordar un tema denso, denso.

Y es que, cuando os convertís en padres, irremediablemente os toparéis con alguna de estas tres cuestiones (sino con todas): la lactancia, el colecho y el porteo.

La lactancia

El mensaje mediático y que os repetirá la matrona hasta la saciedad está claro: la lactancia materna es lo mejor para el bebé. Hasta aquí todos de acuerdo.  Pero me gustaría que el mensaje hubiera sido un poco diferente. En vez de crear cierta presión sobre tí tipo “es lo mejor o sea que si no le doy la teta, no le estoy dando lo mejor” bastaría con decir “es lo más natural y es lo normal puesto que al fin y al cabo somos mamíferos.”

En mi entorno conozco gente que ha luchado con la teta pero pese al comienzo difícil ha conseguido una lactancia prolongada, gente que está dando pecho y biberón a la vez sin ningún problema, gente que ha luchado y ha tenido que pasarse a la leche de fórmula porque no ha podido ser y gente que sin mayor esfuerzo aparente, ha dado el pecho sin problemas desde el primer momento y ha seguido de forma prolongada aún después de incorporarse a trabajar o gente que ha empezado sin problemas, pero ha decidido cortar al volver al trabajo. Conozco a madres que han perdido todos los kilos del embarazo con la lactancia y madres que no han podido perder ni un gramo, es más parecía que la lactancia las hacía engordar. Así que, hay de todo.

Una cosa es común: entre las mamás que no hemos conseguido una lactancia materna plena, es común un sentimiento de culpa, de fracaso. Se supera porque hay que seguir para adelante, pero se pasa mal. Siempre hay alguna excepción, alguna mamá que lo tiene muy claro y no quiere dar el pecho y no lo da porque no y puede parecer una madre egoísta, pero si ahondas un poco, puede que también tenga sus motivos.

Tuve una compañera  en el trabajo que en su segundo embarazo me ha dejado un poco de piedra, cuando la oía decir muy decidida: “Yo el pecho no pienso ni intentarlo, en cuanto nazca le doy el biberón y pido la pastilla. Déjate de rollos. Su hermana no tuvo pecho, este tampoco.” Pues cuando unos años después nació mi peque, ella hacía tiempo que se había cambiado de empresa y nos mandábamos algún mensajito de vez en cuando y cuando le escribí que a los dos meses nos tuvimos que pasar al biberón con mi peque, tuvo el detalle de llamarme inmediatamente para animarme, porque sabía cómo me sentía.  Y resulta que ella no había dado pecho a su segundo hijo porque con la primera lo intentó y no hubo forma y lo pasó tan mal, que con el siguiente decidió ahorrarse el sufrimiento.

Yo en mi caso me quedo con las palabras de la pediatra, que me dijo: “Esto es un equipo de dos. No sólo depende de ti, también del crío.” En nuestro caso la lactancia no pudo ser porque el peque chupaba con poca fuerza, por determinados motivos que descubrimos más tarde. Así que la producción no subía y el peque estaba hidratado, hacía pises y cacas, pero no cogía peso, los pañales no pesaban (aunque creíamos que sí, pero ya descubrimos luego lo que era un pañal pesado), no aguantaba dormir él solito… cuando le pasamos a biberón, que en la tetina la leche fluye más fácilmente, ¡cómo los devoraba! Empezó a dormir solito y a coger peso por fin, y aunque yo sentía como un fracaso personal el no haberle podido alimentar con mi leche, también sentí tristeza y rabia porque mi chiquitín se haya tenido que pasar los dos primeros meses de su vida con hambre.

La lactancia es maravillosa. Más que el milagro de la concepción y la gestación, que si lo piensas, es pura magia también, pero a mí, tal vez porque me pasé el embarazo con unas náuseas terribles,  lo que me impresionó de verdad fue este recurso de la naturaleza, el cómo tu propio cuerpo forma el alimento necesario para tu cría, en calidad y en cantidad.  La verdad es que me quedé digamos a las puertas de la lactancia plena, pero así con todo, pude vislumbrar lo que es la tremenda paz que te entra cuando tu hijo llena su pancita enganchado a tu teta y la oxitocina, que por algo la llaman la hormona del amor, se derrama por tus venas.  Una cosa tan sencilla, tan perfecta en su sencillez, es genial. Tus pechos se llenan al ritmo de las succiones de tu bebé, ajenos a todo, siempre disponibles, siempre llenos, con la composición perfecta de grasas, azúcares, anticuerpos, vitaminas… pero para que todo eso fluya  es importante la lactancia a demanda, creo.

Es importante el contacto estrecho madre-hijo, así que coge a tu bebé en brazos todo lo que te pida el cuerpo y todo lo que te reclama él con todas sus fuerzas, llorando hasta ponerse rojo como un tomate, berreando y agitando las manitas – no, tu hijo no está teniendo una pataleta con dos días de vida, ni te está midiendo , ni se sabe latín, ni es un “vaya carácter”, simplemente te echa en falta y quiere sentirte cerca, porque sabe que es lo mejor para ambos. Para él, para su supervivencia desde luego que lo es, pero ¿y si influye en algo más? ¿En que tus pechos se llenen de leche con facilidad al igual que tu corazón rebose de amor y se cree un vínculo entre los dos que te ayuda a superar las noches sin dormir, tener siempre una sonrisa y un pezón para él y olvidarte de tu cuerpo destrozado? ¿En que su ritmo cardíaco y su temperatura corporal se regulen al compás de los tuyos, en que su personalidad se forme sobre una base sólida de estabilidad emocional, sintiéndose siempre querido y arropado por los brazos cálidos de mamá?

El colecho y el porteo

Se trata de tener a tu bebé siempre cerca, de no negarle los brazos cuando llora, de metértelo en la cama (colecho) y de liártelo con pañuelo a tu cuerpo cuál abuelitas indias (porteo), para que vaya siempre contigo.

Hay fieros defensores de “no le cojas en brazos, que se acostumbra” que son también los seguidores impertérritos de ¡La Minicuna, La Cunita y El Cochecito!, frente a la liga de padres más permisivos de “cómo no voy a coger a mi recién nacido, cómo no le voy a dar mi calor, pegarle a mi esternón para que siga oyendo los latidos de mi corazón pues mi corazón desde que le tengo sólo late por él” y practicantes entregados y despreocupados del colecho y del porteo.

Los recién estrenados papás se encontrarán en medio del campo de batalla de las dos secciones, enfrentadas desde tiempos inmemoriales, y puede que se sientan algo confusos al oír los argumentos a favor de una y otra parte.

Yo no tuve pañuelo de porteo, porque son endemoniadamente caros para el trozo de tela que es, pero si vuelvo a tener un hijo, lo primero que me agenciaré como sea será uno de esos. Porque a falta de pañuelo, llevé a mi hijo en brazos y creo que con el pañuelo es simplemente más cómodo y descansas tus músculos, los bíceps por lo menos.

En cuanto al colecho, creo que surgirá de forma natural cuando sigues dando el pecho, sobre todo si te has incorporado a trabajar, porque en ese caso tu hijo mamará todo lo que pueda de ti por las noches y es mucho más cómodo tenerle al lado y simplemente, subirte el camisón que levantarte, ir a su habitación, cogerle, darle, volver a acostarle…

Pero sin necesidad de dar el pecho, en nuestro caso el colecho (ocasional) surgió a raíz de las pesadillas, cuando en torno a los dos años el peque que hasta entonces se dormía solo en su habitación (¡Es importante que los niños aprendan a dormirse solos!)  empezó a reclamar mi presencia por las noches, porque decía que había “una bluja”. La dichosa bluja que se asomaba por los rincones de su habitación dio al traste con todos mis esfuerzos educativos en el campo del sueño nocturno, y cuando se le unió “el monstuo”, no había nada que hacer. Empecé a acompañar a mi pequeño hasta que se dormía y las piernas se me quedaban entumecidas sin circulación, empeñada en que durmiera en su cama en su habitación, lo cual me dejaba con la opción de arrodillarme en la alfombra al lado de su cama y ofrecerle mi mano para que se durmiera fuertemente abrazado a ella. Y luego llegó su tercer verano, nos fuimos a la playa y compartimos los tres una cama gigantesca en la habitación del  hotel y el pequeño le pilló el gusto y a la vuelta, empezó a pedir por las noches: “¡A tu cama!” El “atucama” fue el bálsamo y consuelo en los primeros días del paso al cole de mayores y su único inconveniente es que nuestra cama no es tan grande como aquella del hotel así que muchas noches, cuando el pequeño toma su ración de “atucama”, al papá no le queda otro remedio que tomarse el “alsofá”.

Habrá unos pocos papás afortunados cuyo churumbel se duerme solito. Hay hasta niños que dicen con su lengua de trapo: “Be bo a domí” con dos añitos y se meten solos en su cunita o camita, hay niños que a las nueve de la noche han caído rendidos y no hace falta hacer grandes aspavientos para ello. Pero la mayoría de los niños es algo reacia a dormirse cuando los papás lo mandan, sin rechistar y al instante, que es como nos gustaría a los papis, agotados tras un duro día.

Pues me temo que el acostar a tus hijos es como acompañarles a las puertas del País de Morfeo, dónde ovejitas de suave lana pasan despacio por el cielo estrellado mientras Morfeo toca la flauta y despacio, muy despacio, el crío se va con ellos, acunado por el suave balanceo de la mismísima Luna que lo mece cuál barquita deslizándose por las aterciopeladas profundidades del sueño.

Pero como los padres lo queremos YA y sin rechistar, la hora de acostarse en una casa se traduce en un campo de batalla, dónde se oyen los gritos frustrados de los desesperados padres, respondidos por chillidos de los niños que se escapan una y otra vez de sus camas y saltan en el sofá, por el aire vuelan amenazas, estallan llantos cual granadas y al final, los padres consiguen la titánica tarea de meter  a los críos en la cama y se derrumban en el sofá con unas cuantas canas más y un tic en el ojo.

Pues siendo la realidad la opción 1, ¿no es más fácil meter a tu hijo en tu cama o meterte tú en la suya, leerle unos pocos cuentos y dormirte con su cálido cuerpecito acurrucado contra el tuyo? Como premio, te llevarás unos cuantos besos cariñosos como nunca te los había dado, oirás algunas confidencias que en el transcurso del día no había tiempo para expresar y te dormirás con el corazón queriendo salirse del pecho y sintiéndote en paz, sabiendo que tu hijo, lo que más quieres en el mundo, se duerme igual de contento y feliz. Que le den a Pablo Motos y a las series, para mí este es el mejor final del día.

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