Las cosas que dije que nunca haría

Antes de tener a mi niño, tenía la oportunidad de observar a otras familias con hijos en mi entorno y me hacía unas ideas muy claras de lo que YO-JAMÁS-HARÍA.

Ahora que llevo cuatro años y medio con la vida patas arriba, girando en torno a 17 kilos (actualmente) de una mezcla compacta y sólida de energía y amor en estado puro, me río de aquellos ideales de mi yo ingenuo de antes de ser mamá. Oh, ese sería un magnífico post, “las cosas que nadie habla sobre la maternidad” o “la cara oculta de la maternidad”…

Pero en fin. Vayamos a mi lista.

Las cosas que dije que nunca haría:

1. Llevarme al bebé al cine conmigo.

Cumplido.

Porque no he caído tan bajo, yo fui una madre aplicada y si mi vida social se fue al traste, se fue al traste con todas las consecuencias hasta que el peque tuvo edad suficiente para dejarlo de vez en cuando con la abuela. No fui tan cutre como para arrastrar a un bebé de pocas semanas a la sala del cine y fingir normalidad y tener que escaparme en mitad de la peli, porque el peque se ha despertado y berreaba en su cochecito al pie de las escaleras. Tampoco me lo he llevado a los bares, pero como no los frecuentaba ni siquiera antes de ser mamá, no sé si algunos padres lo habrían hecho alguna vez, pero lo del bebé recién nacido en el cine, sí que lo vi. Pobres padres, no habían entendido bien las reglas y más grande sería el batacazo cuando se terminarían dando cuenta de que El-Peque-Es-El-Que-Manda.

Y esto es así y punto. Te puede gustar más o menos, puedes estar en desacuerdo, puedes opinar que no es correcto, te puedes coger un berrinche y llorar de puro agotamiento y pensar que la vida es injusta y darte de cabezazos contra la pared si quieres, pero eso es todo lo que puedes hacer al respecto, porque El-Peque-Manda y punto.

¿Recordáis lo que puse al principio del post sobre que todo gira en torno a la compacta y sólida mezcla de pura energía y amor del que está hecho? Pues allí está. No sé de qué están hechos los niños. Pero tienen el poder (oh sí, ¡EL PODER!!) de subyugar a su entorno y de hacer girar todo a su alrededor. Ejercen una extraña fuerza gravitatoria y mientras los padres están hechos un mar de dudas, ellos sí saben lo que quieren. Por mí, es inútil intentar cambiarlo. Debe ser alguna treta de la naturaleza para asegurar la supervivencia de la prole humana. Es que ¿os imagináis que todos los padres se salieran con la suya y NO antepusieran las necesidades del bebé antes las suyas? Oh oh, no sobreviviría la mitad de los niños. Yo soy la primera que hubiera reclamado y devuelto el ser por insportable e incompatible con una vida decente, en las primeras semanas.

O sea que, no me toméis por madre ilusa, yo enseguida vi el percal. Calé al pequeño demonio en el momento. Supe que vino para acaparar toda la atención, buena parte del presupuesto familiar, pero no contento con eso, se adueñó de mis tiempo, mis horas de sueño… pero es que Él-Es-Quien-Manda. Es así de fácil. Aceptarlo e intentar sobrevivir es la opción inteligente, creedme. Porque intentar cambiarlo os va a costar mucho esfuerzo y casi seguro os convertiréis en sargentos, severos educadores, marcaréis los límites, las normas y las consecuencias, sí, pero os perderéis toda la magia y todo el amor, demasiado ocupados en mantener y hacer cumplir esos límites, normas y consecuencias.

2. Que no tuviera los juguetes rotos, mezclados, desperdigados, porque no sabe tratarlos y cuidarlos.

Cumplido.

Ya sabéis, los bebés lo meten todo en la boca, lo chupan, estrujan, rompen, tiran… y creo que les da igual que los cochecitos vayan con el garaje, las cajas apilables se guarden una dentro de la otra, las cinco pelotas del pulpo tragapelotas vayan con el pulpo, etc. Así que opino que es tarea del padre/madre de sentarse a jugar con su hijo y a vigilar que las cosas vuelvan a su sitio. Ya que somos los mayores quienes nos empeñamos en hacer engordar las cuentas de resultados de FisherPrice, Chicco y demás marcas de juguetes infantiles, a cuál más mono. Porque los niños, os lo digo desde ya, pueden jugar igual de felices con un móvil roto, unas llaves, unas pinzas de tender la ropa, un vasito vacío de yogur (hombre, con el yogur dentro también mola cantidad, pero…los riesgos son obvios), unas cajas cualquieras… con cualquier cosa.

Yo he disfrutado con todos y cada uno de los momentos de juego compartido con mi hijo, porque tampoco es que haya que hacer un gran esfuerzo: un buen juego a partird e los 6 meses es por ejemplo apilar cubos, para que el peque los haga volar de un manotazo riéndose a carcajadas, para repetirlo una y otra vez. Es una sencilla y magnética tarea, que puede tener al peque entretenido un buen rato y los padres pueden a lo mejor hasta echarse una microcabezadita. Y sino, practicar el mindfullnes, que dicen que es muy saludable.

Ahora con 4 años y medio, el niño ya juega él solo. De alguna manera, tiene interiorizado que cada cosa va en su sitio y que hay un sitio para cada cosa, de modo que aunque le encanta improvisar y trastear y cuando juega, esparce todo a su alrededor, pero también ha disfrutado del simple hecho de encontrar algo a la primera cuando lo busca. Así que se preocupa él solito de guardar las cosas en su sitio habitual, para poder volver a por ellas más tarde.

Pero no me hago ilusiones, seguramente tienen más mérito en esto las profes de la guarde, dónde la rutina de recoger era uno de los pilares del día a día, o que simplemente el peque me ha salido ordenado por naturaleza.

También puede ser que mi hijo tiene una gran memoria y se acuerda de todo. Esto último lo sospecho porque aunque tiene como 50 coches, siempre sabe si alguno falta y cuál es. Sospecho que se los sabe de memoria, así como a los clicks y otros muñecos.

3. Que no pegaría a mi hijo jamás.

Cumplido.

Soy firme defensora de que a los niños NO se les pega. Y lo siento por todos los defensores de “un cachete a tiempo…” o “en el culete no pasa nada…” etc. Yo he visto padres que han perdido los papeles y le han pegado a su hijo en la boca por escupir, mientras chillaban histéricamente: “¡Eso no se hace!!” Pues no, ESTO no se hace, me refiero a pegar a un niño. Nunca, bajo ningún concepto, no hay excusa que valga.

Ahora,  tengo que ser sincera: sí le pegué un día. Me mordió con tal fuerza que me hizo saltar las lágrimas y mi mano salió despedida y le di un cachete. Fue tan automático y sucedió tan deprisa, que no pude frenarlo, pero vi el dolor y la sorpresa en sus ojos y aprendí para la próxima y por más daño que me haya vuelto a hacer (que la vida con el niño está llena de accidentes, ¿a quién no le haya pasado el clásico de justo cuando me agacho para darle un beso furtivo en la coronilla, él pega un saltito de alegría?), freno mi mano a tiempo.

4. Que el niño no vería demasiada televisión.

Fracaso.

Lo confieso, la tele y los dibujitos son un gran invento.

5. Que mi niño se alimentaría sano y le enseñaría comer de todo, le encantarían las frutas y las verduras.

Fracaso.

Y no es que no lo intentara o que no le diera ejemplo, yo como sano y me encanta la fruta y la verdura. Pero a mi hijo no. Tiene sus gustos, se come muy bien la carne y las cosas saladas como el queso, el jamón de york… de pequeño devoraba el pescado (como tardaron en salirle los dientes, fue la primera carne que le di, carne de pescado, por ser más blandita, y es que casi se comía el plato, devorando las doradas al horno, el gallo a la plancha, la merluza al vapor… ahora ya no lo quiere tampoco, para mi decepción prefiere las salchichas) pero el único fruto vegetal que le encanta rayando con una adicción y cuya preferencia casualmente haya podido heredar y/o copiar viéndome a mí, es el cacao y sus derivados, o sea, el chocolate.  Por lo demás, ya me puedo “jartar” a comer el brócoli, las acelgas y toda clase de fruta delante de él… le deja indiferente.

6. Que mi hijo se dormiría solo, que no lo llevaría en brazos para que no me doliera la espalda, que sería muy autónomo desde pequeño porque no sería la típica madre que lo hace todo por él para ahorrar tiempo…

Fracaso.

Por un lado, es un niño muy cariñoso, que necesita y busca mucho contacto, afirmación y reafirmación, es muy comunicativo y reclama tu compañía y tu ayuda.

Por otro lado, en el día a día trabajando a jornada completa y llevándolo al cole con sus horarios, no hay tiempo para dejarle que tarde dos horas en vestirse. Ni siquiera el fin de semana porque los dos días se pasan volando entre lavadoras, la compra para abastecer el frigorífico y la despensa (no irme de compras, que ya quisiera yo), cocinar, limpiar la casa y hacer algún plan para el peque, como ir al parque simplemente (el mejor plan, por cierto. De los planes con niños ya hablaremos).

Bueno, poco a poco. También hay niños más espabilados y más hábiles, que simplemente se les da bien vestirse, desvestirse, manejar los cubiertos, sonarse los mocos, limpiarse el culete… y hay niños más torpes y que descubren que SÍ pueden hacerlo, pero más tarde.

Hay cosas en la crianza que me gustaría que los listillos de los manuales de educación y los Sinhijos que dan su opinión a diestro y siniestro tengan en cuenta: criar a un hijo es sobre todo, tener tiempo, el resto se hace solo. No hace falta enseñarle a dormir a un niño, ni enseñarle a comer, ni enseñarle a jugar. Es que el niño lo hará por sí solo. Es como enseñar a gatear, a caminar… lo harán solos cuando llegue su tiempo. Claro que puedes acelerar el proceso, forzando y presionando, pero allí entra en juego el carácter de cada niño. Habrá niños más débiles que se dejen dominar fácilmente y habrá niños que no hacen otra cosa que reafirmar su yo, que sí sabe lo que tiene que hacer por instinto, algo que los adultos de hoy – por desgracia – hemos eliminado de nuestras vidas. Todo son tablas, estadísticas y datos objetivos.

Así que resumiendo, yo me quedo con una frase que nos dijo otro padre que nos cruzamos en el ascensor cuando abandonábamos el hospital con el peque recién nacido, y que dice así: “Al final, el niño come, al final, el niño se duerme y al final, el niño caga.” Y lo extiendo a todo: “al final, llegará un día, y si no es a los cuatro, tal vez sucederá a los cinco, o a los seis años, pero llegará el día en que el niño se dormirá solo por las noches, es más, que dormirá solo en su habitación, se vestirá por sí mismo, comerá por sí mismo y caminará a mi lado sin cansarse y pedir brazos.”

7. Y por último, no podría faltar en mi lista una cosa que no sé si me propuse muy firmemente o si simplemente la idea siempre estuvo alí, porque para mí leer es como respirar, me encanta y me llena; así que desde pequeñito le he leído muchos cuentos. Hemos tenido libros infantiles desde que tenía 6 meses y hemos contado cuentos antes de dormir desde que me alcanza la memoria, seguramente al principio leíamos más bien durante el día, pero cuando me quise dar cuenta, lo de leer los cuentos antes de acostarse se ha convertido en una costumbre.

Sin saber muy bien cómo ha sucedido, pero allí está, un brillante y rotundo éxito.

Momentos gratificantes y únicos, cuando el peque está tranquilo y atento y encima, los expertos coinciden que es muy bueno para ellos.

Supongo que si mi propósito fuera que el niño se fuera a la cama a las nueve y se durmiera solo sin rechistar, no podríamos leer los cuentos casi nunca, porque, eso sí, nuestra hora íntima dedicada a la lectura es desde las nueve y media – tirando a diez de la noche, durante unos 30-40 minutos. Si por el peque fuera, se tiraría fácilmente una hora, pero me ha llegado a pasar eso de no ser capaz de enfocar las letras y tener que parpadear para que no se me cerraran los párpados o de bostezar detrás de cada palabra.

Es que yo soy de ese tipo de persona que no le importa madrugar, pero soy de irme a la cama pronto (tipo “ruiseñor” creo que se llama).

Y esto tampoco estaba en mi lista, pero si alguna vez vuelvo a tener un niño, juro por Dios que mi primer y único objetivo será que sea como yo y no un puñetero Búho a quien le encanta trasnochar.

 

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